30 de marzo de 2012

SILENCIO Y COMUNICACIÓN


El silencio lo hemos llenado de música para no comunicarnos  

En la teoría tradicional de la comunicación, al silencio siempre se le ha puesto la etiqueta de ausencia, ausencia de ruido, por tanto, ausencia de la comunicación 

En los años setenta se realizaron gran cantidad de estudios y se acabó considerando el silencio como un fenómeno importante dentro de la comunicación, igual que las palabras, los gestos o cualquier otro canal.

El zoólogo Bateson, hizo muchas teorías sobre el tema, y una de las cosas que sacó en claro es que la persona no puede no comunicar, es decir, que incluso la omisión de palabras, el comportamiento esperado e inesperado comunica. Ya unos años antes Sapir, observó que a veces todos nos hacemos un juicio más preciso acerca de una persona, no por lo que hemos escuchado, sino que justamente por lo que no ha dicho.

Dejando estas consideraciones a un lado, observo que este silencio está siendo llenado por ruidos más o menos agradables, en concreto por la música; como si el objetivo fuera tapar los huecos, no permitir que quede ni un palmo del espacio o del tiempo sin ser cubierto con alguna señal, ya sea acústica. 




Es como si hubiera en nosotros una locura patológica que nos obligara a llenar de sonidos más o menos musicales todos los ámbitos de la comunicación, de tal manera que nos viéramos constantemente escoltados por el manto de los sonidos y de esta manera pudiéramos evitar oír los mensajes de otros 

Puedo entender la afirmación de Nietzsche, “sin música la vida sería un error”; pero no dejo de pensar que Miles Davis, (al margen de una obra que siempre suena en mi mente:autumn) nos dejó otra perla: “la verdadera música es el silencio”.

Si en las casas de nuestros vecinos el televisor siempre está encendido pero no siempre atendido, puedo ver cada vez que uso el transporte público cómo por los túneles del metro deambulan masas de sujetos con auriculares que se aíslan de los otros sujetos, mecanismos infernales que nos desperdigan en el individualismo; aunque en ambos casos lo que se impone es la apremiante necesidad de huir del silencio.

El silencio es un gran enemigo porque nos enfrenta al desafío de estar con nosotros mismos, lo cual representa una exigencia insoportable para muchos. Hay que camuflarlo. Protegidos por los auriculares la música levanta muros que nos aíslan y blinden contra las asechanzas de la soledad.

La música, que nació para ayudarnos a interpretar el mundo y entender sus misterios y para poner color a la anodina monotonía de las horas, es ahora un candado de los sentidos, un agente enajenador, un incordio impertinente que nos impide comunicarnos porque mata a uno de los elementos que conforman la comunicación, el silencio.